Como sabemos, es muy habitual que las evidencias (por su propio carácter) sean pasadas por alto, obviadas, como los hechos que, por estar tan imbuidos en nuestra realidad y hábitos, han pasado a formar un fundamento que muchas veces es también inconsciente. Aunque sea una evidencia, hay que recordar que la educación empieza en la familia porque el ser humano es dependiente de su familia. Es, primero, una consecuencia natural, biológica, es decir, los padres (entendiendo por “padres” las personas que rodean a la criatura) deben proteger a los engendrados y, además, lo hacen sobre todo por instinto, más o menos “humanizado”. Al llegar al mundo, la nueva persona llega irremediablemente ligada a otras personas, hecho que ya constituye una sociedad propiamente hablando, porque nos encontramos con un grupo de personas que necesitan de una organización conjunta que responda a sus necesidades integrales, entre las cuales (por más evidente que sea) se incluyen las de la personalidad. A mayor tamaño de la agrupación, mayor dificultad para que esa organización conjunta sea integral (incluso en las familias pequeñas habrá disensiones, por naturaleza), de ahí la importancia de transmitir la libertad como una forma de encontrar el equilibrio, el bien (espero que se me perdone la simplificación). Conforme la nueva criatura va adquiriendo en su desarrollo las características que le van haciendo capaz de ser gradualmente menos dependiente, debe ir conociendo y practicando las costumbres y consensos de la sociedad de la que forma parte, porque es absolutamente imprescindible que esa persona ocupe su lugar en el mundo. Ahora bien, en una sociedad compleja en la que la familia es solo un elemento del conjunto, distante en el esquema general de la organización, y entendiendo que los padres transmiten dichos contenidos según sus fundamentos propios, parecería muy probable que la sociedad se dividiera con respecto a su educación. Y es un hecho evidente que unos padres maleducados transmitirán mala educación, o que unos padres carentes de brújula o sentido transmitirán lo mismo a sus hijos, o que unos padres egoístas podrán hacer hijos egoístas. Aunque estos ejemplos puedan salvarse tanto por la coexistencia social, (incluyendo la escuela, esperemos), como quizá por algunos condicionamientos biológicos, podemos afirmar que la expresión “de tal palo, tal astilla” suele ser muy cierta. Pero también la de “Dios los cría y ellos se juntan”, porque, al final, las personas suelen tender a formar sus tribus. Después, las tribus decidirán qué consensos pueden alcanzar con otras tribus. Lo mejor de todo, no obstante, es que todo ser humano puede siempre observar e imitar a los demás.
Quizá sea esa “complejización” extraña de la sociedad lo que por sus bases o falta de ellas, en última instancia, ha generado (en España) un sistema tan burocrático como existe en la actualidad. Lógicamente, el sistema educativo (¿por desgracia?) no responde solo a las necesidades educativas de una sociedad, pero, además, como en todas las realidades humanas mal guiadas, la perspectiva tiende a dirigirse a lo particular en lugar de a la universalidad. La ley empieza en lo universal (constituciones, por ejemplo y con cuidado), pero se extiende hasta lo absurdo de los particulares. La visión más generalizada de la democracia actual se caracteriza por el deseo de asegurar un lugar al mayor número posible de “principios” (paradójica e incoherentemente), en la “necesidad” de “incluir” a todo el mundo por igual. (No es objeto de este texto comentar esta ideología, pero más adelante sí que intentaré llamar la atención sobre un posible riesgo que tiene “preguntar a la mayoría”). Quizá debido a esta visión de la democracia, entre otros factores, por supuesto, nuestro sistema educativo actual está tan centrado en “acariciar” a los alumnos, en continuar el “todo vale” en que se fundamenta nuestra sociedad. Además, siendo realistas, no hay gran diferencia entre padres y profesores, porque ambos están en su mayoría igual de perdidos. Aquellos que no lo están, (por ejemplo, podemos referirnos a aquellos profesores y maestros con experiencia de muchos años de vocación y ejercicio profesional y conciencia), son los más desoídos, como suele hacerse también con el resto de nuestros mayores, probablemente porque los valores y principios suenan muy extraños a alguien que no los tiene, porque sus hábitos y costumbres los han “estructurado” de otra manera. Para poner un ejemplo mucho más concreto, a la mayoría de los padres suele importarle todo bastante poco (incluso ignoran la existencia de más campos o problemas de educación), excepto el “currículo”, entendido como lo que sus hijos tienen que hacer para aprobar, si son tratados conforme a (su propia idea de) justicia o si pueden pasar el mayor tiempo posible en sus centros educativos o sucedáneos, para que ellos tengan más tiempo para otras cosas. Aquí también identificamos a los profesores, que también pueden ser padres y que actúan como cualquier otro, aunque con el tiempo quizá se vayan haciendo más conscientes de otras necesidades educativas, sobre las que luego muchos de ellos no actuarán por sistema.
Las generaciones de profesores provienen ya de un sistema educativo y de una sociedad que no está educando a las personas con criterio y constituyen un ejército de supervivientes del mundo laboral, hijos que fueron “ineducados” y que continúan siéndolo y que, además, tan a menudo ni siquiera son profesionales conocedores —ni amantes— de la propia materia que enseñan, aunque tengan un título en posesión. En la educación y enseñanza, como en todo, los fundamentos personales que organizan la realidad determinan la transmisión de los conocimientos, sean cuales fueren y, como en todo también, “cómo se hace una cosa cualquiera es cómo se hacen todas las cosas”. Y las personas en crecimiento son especialmente capaces de adquirir, imitar y aprender: cualquier niño es mucho más capaz de captar todos los “microsignos” de la comunicación mucho mejor que cualquier adulto (desentrenado) y enseguida perciben falsedad o autenticidad, por ejemplo. Para poner otro ejemplo relevante, puedo estar completamente seguro de que la mayoría de personas que puedan leer este texto ignorarán la reflexión sobre la educación y masticarán exclusivamente la breve frase sobre la democracia. Por otro lado, el máster para la formación del profesorado (en adelante, “de profesores”) no está formando profesores, sino un ejército que responda a la burocracia y la ley del momento, sin ningún fundamento sobre lo que, de hecho, convierta a una persona en el pilar tan esencial que es un profesor, y sin herramientas sobre cómo mejor actuar con sus alumnos para enseñarles y educarles. Nadie les enseña a ellos, nadie les dice (por poner algunos ejemplos) que sus limitaciones se pueden traspasar por capilaridad a sus alumnos (y a sus hijos), que si algo les parece difícil a ellos, no tiene por qué serlo para otros; nadie les dice que si tienen una visión empequeñecida de sus alumnos y los tratan como tal, los convertirán en pequeños. Vengan de su casa o de su centro educativo, en muchísimos casos, cuando se me ponen delante y me miran, no sé si estoy en un aula o en el departamento de peluches del Toys’R’Us. Esta norma puede extrapolarse.
Ante tanto perdido, mención especial reciben los importantísimos “expertos” de nuestro mundo, aquellos que saben tanto, que saben más que yo, entre los que se cuentan algunos que aprobaron Gramática Española copiándose de mí y que escriben libros de Lengua sin capacitación y sin haber dado clase y en colaboración con personas con el título de Pedagogía, que tampoco han dado clase nunca, guiados por otros individuos que pueden o no haber sido compañeros míos de Facultad (o profesores) y/o de trabajo y cuya intención editorial tiene nada que ver con la educación, aparte de su ignorancia general o de su frivolidad inconsciente o no. Pero estos expertos son aquellas personas que se han situado en el lugar en el que podían hacer negocio y sobrevivir, sin más talento que ese; por tanto, pensando en ellos mismos, no en la sociedad. Es poco probable que aprendan con el tiempo y quizá mejoren pero, incluso aunque así fuera, han hecho ya un daño muy profundo. En cambio, ni los legisladores ni los expertos han preguntado a mi madre o a mi suegra, que son maestras desde hace casi cuarenta años (y madres) y que cuentan con el agradecimiento eterno de muchos padres y alumnos que fueron suyos y lo siguen siendo. Ninguna de las dos tiene el máster y, desde luego, pueden enseñar Historia del Arte sin la licenciatura o el grado y han llegado a saber más que los que salen con el título, pero nadie les ha preguntado a ellas y, a pesar de saber mucho más que aquellos expertos y aquellos legisladores, están perdiendo el tiempo y sufriendo con las exigencias dudosamente fundadas de la nueva burocracia. Tampoco nadie ha preguntado a los padres sobre lo que desean para la educación de sus hijos. Hay pocas leyes tan fundamentales y, sin embargo, diría que de pocas se tiene tan poco desconocimiento, pero rara vez los padres ofrecen confianza ciega en lo que respecta a sus hijos, que son el objeto primero de su protección. De la misma manera que me atrevo decir que algunos niños están mejor en sus casas porque sus profesores los deshacen, me atrevo a decir que algunos niños están mejor en la escuela porque, si fuera por sus padres, serían otros guiñapos. Da la sensación de que la educación es otra gran prueba del camino casi “antinatural” que lleva nuestra sociedad. Tiendo a preferir que lo bello y etéreo tenga siempre el sabor de lo nacido en la tierra.
Quiero aquí hacer un inciso sobre el máster de formación de profesores, porque no me parece una mala idea en absoluto que exista; de hecho, me parece buena idea y necesario desde cierta perspectiva. No cualquiera puede ser profesor, y el que no puede no debe serlo. De alguna manera, tenemos que estar seguros de que nuestras personitas están en las mejores manos posibles cuando dependen de otras personas que no son sus padres. No me parece, por tanto, que el problema sea el máster, sino la formación del profesor, figura que, por desgracia, en mi opinión, no recibe como tal la dimensión profesional que requiere. Para enseñar, no vale solo con saber: saber es una ciencia y enseñar es otra. Para ser profesores, hay que aprender a enseñar, lo cual no se limita solo a la didáctica o pedagogía, sino a la comunicación, a la oratoria, a la actuación y tantos otros campos; pero también hay que aprender a comprender, tratar y ayudar a las personas. La formación de los profesores debe mejorar obligatoriamente y no deberíamos permitir la frivolidad de que el futuro de nuestro mundo sea guiado por personas incapaces, que, incluso teniendo las mejores intenciones, acabarán haciendo daño a las personitas que dependen de ellas. Unos padres pueden cometer ciertos errores, pero los profesores no deben.
Por otro lado, pido que se me permita utilizar el siguiente ejemplo, unas palabras del cómico Ricky Gervais, quien, por supuesto, no es ninguna “autoridad”. Por favor, debemos tener en cuenta que son palabras dichas en directo y en un contexto humorístico. Dijo lo siguiente: “Tenemos que dejar de preguntar a la persona media lo que piensa. ¿Sabes cómo de estúpida es la persona media? Todavía hacemos botellas de lejía con etiquetas que dicen “no beber”. Quitemos esas etiquetas, durante dos años. Y después hagamos un referéndum.” Para que una broma tenga gracia, debe contener verdad. Puede que, en efecto, Ricky Gervais no sea considerado una autoridad, pero ha enseñado más y mejor a muchas más personas de lo que han hecho muchos “expertos” y profesores. El ejemplo que él pone nos da mucho para reflexionar sobre la educación, empezando por la importancia de que las personas tengan la capacidad de escuchar y decir sí o no.
Por todo esto, sabiendo que, como todo problema de estructura social, el sistema de educación se ha convertido en un monstruo en estampida que no parece poderse detener sin abatirlo; que, al final, todo lo que se hace bien parece depender de “héroes” individuales; teniendo en cuenta que con la concepción actual de democracia (exceso de particulares, poco de universalidad) parece simplemente imposible que haya acuerdo entre individuo y sociedad, se hace aún más imprescindible llamar la atención sobre la necesidad de que familia y profesionales de la educación se complementen, sigan un proyecto educativo más o menos común y recorran caminos convergentes. Esto es así no porque lo diga la Declaración Universal, sino porque —antes del positivismo legal-moral— es simplemente evidente que los hijos siguen su camino desde la familia hacia el mundo pasando por la escuela, que es como, en nuestros tiempos, tenemos organizado el tiempo de los que no son adultos. En el caso de aquellos padres que de hecho tienen algo más allá de la persona física que proteger en sus hijos, (su cultura, su verdad, su “virtud”, etc.), es natural que tengan la oportunidad de organizarse socialmente para garantizar esa protección. Sin embargo, llevar a sus hijos a un centro de confianza nunca les eximirá de su responsabilidad primera, responsabilidad que adquirieron al traer a sus hijos al mundo. El sencillo bien de que haya una comunicación entre los profesores y los padres sobre los hijos es ya un adelanto genial en el proceso de educación. Si los profesores no hablaran de sus alumnos con los padres, estos ni siquiera llegarían a conocer bien a sus hijos, en todas sus facetas, así como también la dimensión profesional (con todas sus ramificaciones) de un adulto puede ser completamente desconocida para otro adulto si no se comparte. Porque el estudio es el trabajo de un estudiante. Siempre me ha llamado mucho la atención que la palabra “estudiante” no suele usarse fuera de la universidad, y pienso que es un error importante. Esa conversación es el mínimo que se puede pedir, no obstante. Para llegar más allá, a una educación más integral, tanto profesores como padres tienen que formarse, tienen que preocuparse. La educación se llama así porque (se diferencia quizá de la “enseñanza” en que) no se trata solo de adquirir unos conocimientos más o menos necesarios para la persona y para el mundo, sino porque consiste en ayudar a una persona a crecer, a madurar, es decir, a desear convertirse en la mejor versión de sí mismo y hacerlo, por sí mismo (por su bien feliz, por su satisfacción, desarrollo, etc.) y porque así ocupará responsablemente su lugar en el mundo y, en cierta manera, en la sociedad. Esto se hace mejor a través de la transmisión de conocimientos.
Ninguno hemos nacido eligiendo nuestra familia, nuestros genes (con todo lo que eso significa, que cada vez es mucho más de lo que pensábamos) y, desde luego, no nuestra “sociedad”. Pero a lo largo de nuestro crecimiento, debemos aprender a vivir en el equilibrio entre nosotros y nuestro entorno, cediendo y no cediendo, y el criterio que nos permite elegir con responsabilidad proviene del conjunto de nuestra educación, esto es, del conjunto de conocimientos y experiencias que nos han transmitido, y que nosotros reorganizaremos junto con nuestros propios conocimientos y experiencias. La familia nos da (nos aporta) mucho más de lo que solemos creer que nos aporta y, junto a la familia, el carácter, el “corazón” y la “cabeza” de una persona estarán decisivamente influidas por las personas que la rodeen. Si una persona afirmara estar mejor sin su familia, o que no la necesitara o no la quisiera, no sería porque fuera necesaria una reafirmación del individuo ni porque la familia como realidad sea un negativo, sino porque aquella familia no actuaba como tal. Es muy probable que si la sociedad familiar fracasa, la sociedad en su conjunto fracase aún con más fuerza al final de la ola. Personalmente, (si puedo dar mi opinión), no sé si hay algo más devastador para una sociedad que la falta de familia, (aquella que sea un negativo o que no exista), y la mediocridad de los docentes, en cualquier nivel de la educación.