Hoy, a diferencia de hace 20 años, por ejemplo, (que 20 años no es nada), ya no vivimos inmersos solo en el medio impreso, sino que los medios audiovisuales tiran con fuerza del otro brazo, a veces quizá desestabilizando el cuerpo, porque además no estamos capacitando a las personas para entender estas nuevas formas, por lo que en y ante ellas prevalecen la frivolización y superficialidad. El cine, las series, la televisión, las redes sociales, los videojuegos, la publicidad, la navegación de internet, etc. no solo dominan hoy la esfera de los estímulos, sino que suponen prácticamente el mayor uso del tiempo de las personas. En torno a este nuevo dominio se han establecido industrias gigantescas de producción de contenido, al mismo tiempo que todos los demás agentes del mundo, desde empresas a profesores, instituciones, etc., se han sumado a la ola audiovisual empujados por una fiebre entusiasta, sin preguntarse lo suficiente sobre ello y sin prepararse a fondo, y lo han hecho de una forma poco consciente, dejándose llevar por la fascinación del juguete nuevo y acelerando así la influencia de un cambio de lenguaje para el que no estábamos preparados, ni estamos aún, ni biológicamente ni psicológicamente, ni intelectualmente.
Muchos afirman que el lenguaje audiovisual y las “tecnologías de la información y la comunicación” son el nuevo hegemon cultural imparable y que no se puede prescindir de ellos, pero es mi observación que la tendencia ha desaparecido y derivado: por fin, aunque pesadamente aún, hemos empezado a recular y reconocer que quizá nos hayamos equivocado, que nos hemos dejado arrastrar por un poder del que no hemos delimitado sus influencias. Estamos empezando a darnos cuenta de los problemas graves que hemos causado, como las dependencias, la deformación moral, la superficialidad, la falta de atención, la falta de seguridad, el deterioro de las capacidades comprensivas y deductivas, de las relaciones sociales y la cortesía, del procesamiento cerebral de estímulos, la marginación terrible de nuestros mayores (algo que para mí es ya síntoma imperdonable de deshumanización e ignorancia) y de los “inmigrantes tecnológicos”, la aceleración de la vida hacia el “tiempo cero” (con sus consecuencias en el ritmo antinatural de la vida humana actual), los problemas madurativos, la polarización agresiva, etc y etc en una larga lista de problemas a remendar.
Esas industrias productoras de contenido sobreestimulan continuamente el mundo, lo saturan, lo enloquecen porque las personas no saben a qué decir no. Este siempre ha sido un desafío para la humanidad, por supuesto, pero hoy todas las personas del mundo tienen acceso directo a un universo entero del cual ni siquiera podemos decir que sea verdadero. Las redes y los medios están llenos de mentiras, de falsedades, de falacias, de problemas personales y dramas desmedidos, de gasolina para el fuego, en suma. Como parece haber ocurrido con todos los grandes procesos tecnológicos de la historia, el ser humano ha fracasado socialmente en el uso de estos medios. Y en las escuelas ya vamos muy tarde, generaciones tarde, en la educación de los medios. Es imperativo que echemos el freno y empecemos a aprender a utilizar este nuevo poder que hemos creado. Y que enseñemos lo aprendido. La mariposa un día batió sus alas allí no sabemos dónde y aquí ahora debemos hacernos libres y, desde luego, no batir más alas. ¿Qué podemos hacer en los centros educativos, en la asignatura de Lengua y Literatura, concretamente?
Evidentemente, comparado con el medio escrito, el audiovisual es aún muy joven en nuestro mundo y, por desgracia, todavía prima en la sociedad una visión insustancial de esos medios. No sabemos si ya hay más personas que aprenden más a través de los medios audiovisuales que de los impresos, pero, en cualquier caso, por la propia mejora de la naturaleza humana y ante el sobrecogedor y continuo exceso de estímulos de la actualidad, es imprescindible desarrollar una muy avanzada capacidad de descodificación de lenguaje, verbal, no verbal, audiovisual, etc., irremediablemente ligada a la personalidad e inteligencia del individuo, que se manifiesta en la “disposición crítica”, es decir, el filtro a través del cual contrastamos cualquier “entrada” –estímulo– con nuestros propios principios, en la búsqueda más o menos consciente de la verdad, el bien, la belleza y el desarrollo de nuestro proceso gnoseológico, como forma de ejercer y defender la libertad interior y de lograr y mantener una maduración sana.
El conocimiento es un atributo esencial de la persona y puede adquirirse en cualquier situación y a través de cualquier medio, siempre que la persona sea capaz de guiar su mente. Por ejemplo, afirmar que la Literatura es superior al Cine en cualquier sentido, incluido el aprendizaje, sería simplemente absurdo, pues son diferentes medios y debemos saber interpretar ambos en la mejor medida posible. En nuestra asignatura, en especial, podemos enseñar a los estudiantes a situarse dentro del mundo, a entenderlo, a construir el significado y el sentido, a leer intenciones, a elevar sus imprescindibles cortafuegos y desear un contenido de calidad. Nuestros estudiantes no deben ejercer como analfabetos: deben aprender a demandar y a producir valor. Y quien es profesional en algo es inevitablemente crítico con ese algo. Pienso que el trabajo en las destrezas de expresión es un motor muy potente para formar a las personas.
Pero no estamos hablando solo de la adquisición de técnicas, como quien aprende a utilizar un taladro, (si se nos permite el ejemplo) porque las características de la persona siempre se cuelan por capilaridad en todas sus actividades. Si pusiéramos a dos personas diferentes a hacer dos mesas por separado, lo ideal sería que dos personas maduras produjeran dos mesas diferentes; pero pudiera no ser así, como sabemos. Aunque las destrezas de expresión tengan sus aspectos técnicos, son manifestación del conocimiento, de la identidad, de la personalidad, del individuo en suma (incluso en su relación social), y el primer paso es asegurar que el estudiante parta de sí mismo para desarrollar sus destrezas. De ahí la relevancia tan fundamental que la curiosidad debiera tener en la educación. Es decir, debemos enseñar a pensar y a conocer al mismo tiempo que enseñamos a expresar, favoreciendo el conocimiento propio, primero, el de los demás en segundo lugar y, por último, el del mundo, en una jerarquía que los estudiantes deberían aprender a establecer. Las personas necesitan tener algo que decir antes de sentarse a decir nada y lo cierto es que cuanto mejor conocimiento tengan, como materia que van a trabajar a través de un medio, mejor expresión podrán hacer de dicha materia con la ayuda de las destrezas. Pero si ver una película o leer un libro (por continuar con los ejemplos) no son una “entrada” para el individuo, las destrezas serán apenas una cáscara vacía y difícilmente merecedoras del tiempo de nadie.
Recordemos aquí aquella famosa declaración de Miguel Ángel sobre su proceso escultórico, aquello de que él solo se limitaba a sacar una imagen que ya estaba en el mármol. Es una metáfora absolutamente genial, no solo para el arte (además, las destrezas de expresión no son artísticas como tales), sino para la relación de la persona con el mundo: antes de nada, debemos enseñar a mirar el mundo. Es por eso que una persona no puede considerarse madura –ni responsable– sin espíritu crítico y sin realizar su parte única en la historia del mundo. Por tanto, sí, la educación en el lenguaje incide intrínsecamente en la educación fundamental del individuo, no solo en cuanto a individuo, sino en cuanto a su naturaleza social.
Con la técnica damos medios, pero, como en toda enseñanza, se trata de ayudar a la persona a realizarse y ser la mejor versión de sí misma. De esta forma, repetimos, afrontaríamos el estudio de las destrezas de expresión como una forma de conocimiento integral (pues el lenguaje siempre implica conocimiento) y de deseo de conocimiento, y de afirmación de la persona, contribuyendo a desarrollar el espíritu crítico, el anticonformismo, la profesionalidad y la promoción del valor del trabajo como actividad esencial e inseparable del ser humano, que es autorrealizadora y realizadora –de hecho– del mundo. Deseamos que los estudiantes descubran sus “pasiones” y sus “vocaciones” a través de la mejora de su lenguaje, a base de situarse activamente dentro del mundo. Al fin y al cabo, es en la adolescencia cuando las personas empiezan a descubrirse y a buscar su lugar en el mundo.
Por último, pienso que ya hace mucho que pasó la hora de enseñar el lenguaje audiovisual y debemos hacerlo ya, no en sus técnicas solo, insisto, no en el cómo producir, que es secundario, sino en la construcción de significado y sentido, en las bases de los elementos del lenguaje, para que la recepción de los estímulos audiovisuales sea una recepción consciente y capacitada y constituya una “entrada” de conocimiento. La educación trasciende el enseñar a hacer; la educación es acompañar a los que crecen en su entrada al mundo, abrirles las puertas del conocimiento, del propio, de los demás y del mundo.