Leer es una acción espiritual: es un encuentro en la intimidad libre de nuestro ser con la realidad. Joan Didion decía que nos contamos historias con el fin de vivir (Didion, J., 1979) y no porque las utilicemos para ser otras personas, que también podemos hacerlo, y tampoco porque nosotros seamos las historias que contamos y leemos, sino porque el ser humano necesita la narrativa para dar sentido a la experiencia, porque es nuestra forma de “congelar” la vida en el tiempo para poder entenderla y asimilarla. La literatura no es fundamentalmente tampoco transmisión de logos, como sabemos, sino sobre todo de epos. La literatura no explica una verdad, sino que reproduce la vida en una nueva o variada realidad, usando esa potencia, tan científica como mágica, del lenguaje verbal, que nos permite introducirnos directamente en la materia, para impulsarla hacia el espíritu. En el instante en el que iniciamos una lectura, nos hemos trasladado a ese universo realizado como si nos hubiéramos transustanciado desde la caverna y, precisamente porque hemos entrado en él, hemos infundido vida de nuevo a ese tiempo congelado. Hoy (y a propósito de la caverna), los mitos, esas narraciones que tratan de representar la verdad, están desprestigiados por la pseudo ciencia que ya tampoco es moderna, (que también, como es lógico por otro lado, superficializa la ficción y la destierra al entretenimiento banal e incierto) pero los mitos son una prueba de la necesidad que tiene el ser humano de representar los hechos para darles significado y sentido, para estudiarlos despacio, con un control sobre el espacio-tiempo que no tenemos en el mismo instante en que ocurren los hechos, usando el dinámico poder del lenguaje. No quiero con esto enfocar la literatura (o la narración, como mínimo) desde ninguna perspectiva funcional, porque trato de hablar de su naturaleza: el hecho es que necesitamos ese “contar las cosas”.
Kobe Bryant, reconocido como uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia, con estadísticas récord, había hecho su propósito de convertirse en uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia con 13 años, (fijémonos bien), en el principio de la adolescencia. Afirmaba que uno de los factores más influyentes en su vida fue la narración. Es un descubrimiento personal que hizo en clase, con la guía de su profesora de English. Decía que había algo en el arte de contar historias, algo inherente en el proceso de contar historias, que le pareció fundamental para la realización de su propósito. Decía que le ayudaba a entender a la gente, a ser mejor líder, mejor compañero, a desarrollarse como persona, etc. Además, muy al eco de El Alquimista de Coelho, (aunque desconozco si lo hizo aposta) afirmaba que “cuando tienes un propósito [sentido de la vida], literalmente el mundo entero se convierte en tu biblioteca para aprender a ser mejor en aquello que quieres ser”. A mí me parece una forma genial de demostrar ese encuentro personal con el mundo, de situar nuestra identidad y conciencia en el lugar exacto del espacio-tiempo que nos corresponde a cada uno.
Cuando hablamos de literatura en las aulas, debemos provocar ese encuentro personal, debemos explicar que la lectura es una capacidad sublime de los seres humanos que nos permite trascender los límites materiales y actualizar el espacio-tiempo. Debemos explicarles que los libros son vida palpitante y que los buenos libros les hablan de ellos mismos, quizá de su presente, quizá de otro momento de su historia personal, de su pasado, o de su futuro.
La exposición de la literatura en las aulas ha sido y continúa siendo mayoritariamente academicista, historicista. Basta con echar un vistazo a los libros de texto editados. Los profesores hablan más de las menudeces estilísticas de generaciones, movimientos y períodos que de la naturaleza humana, factores todos completamente ajenos a las personas adolescentes y no adolescentes, amén de excepciones honrosas que generalmente proceden de una educación familiar “extra”, que ya les había metido la curiosidad intelectual fuera del aula y que, por tanto, son ya más capaces de estudiar luces, sombras, colores… La mayoría de los profesores dedican más tiempo a las peculiaridades de los autores que al entroncamiento de sus obras en la humanidad, generando, además, la horrorosa deformación de confundir realidad y ficción, persona y obra, autor y narrador, y desactualizando por completo la literatura, convertida en objeto de estudio erudito, absolutamente antiatractivo para cualquier otra persona que no vea en ese estudio, por el motivo que sea, el sentido de su vida o el de su financiación.
Yo creo que todos sabemos que los periodos artísticos o las variaciones formales no son más que eso, variaciones en el arte. Entender los cambios que se han ido produciendo en la concepción y producción artística o técnica o industrial es importante en la medida en que nos ayuda precisamente a entender la particularidad de aquel espacio-tiempo “congelado”, pero estos árboles no pueden impedirnos ver el bosque: la literatura es una representación de la vida, de la verdad y la belleza, del bien, con independencia del concepto que el lector tenga de ellos.
No somos coherentes cuando tratamos de explicar la literatura hablando de su universalidad, cuando incluso intentamos promover la lectura apoyándonos en su carácter universal, cuando intentamos defender un canon, y al mismo tiempo dividimos la literatura en cajones estancos o incluso enfrentados y convertimos los libros en algo que definitivamente no son: objetos de estudio. Y menos objetos de estudio experimental. Nada existe en el vacío.
En la práctica, no estoy diciendo que haya que enseñar la literatura desde el estudio comparado, con todo lo interesante que esta disciplina literaria lleva consigo. Lo que afirmo y creo firmemente es que necesitamos resucitar el humanismo, enfrentarnos a esa absurda manía ya manida y reduccionista de desprestigiar lo que no tenga un número o un dato y empezar a dedicar la mayoría de nuestro tiempo de enseñanza literaria al alma humana. Es decir, en la práctica se trata de hablar con nuestros estudiantes sobre la vida, las personas y el mundo, para que se conozcan a ellos mismos, entre ellos, al mundo y a su relación con el mundo y con los demás. No para adoctrinar, sino para hacer pensar, para ayudar a madurar, para enseñar a vivir. Eso es lo que hace un maestro. Una vez los estudiantes comprenden el mundo de una obra literaria, pueden ya desenmarañar el tejido que lo forma. Debemos enamorar a nuestros estudiantes del mundo e inspirarlos para que encuentren ellos mismos su lugar en él. Una historia puede cambiar la vida de una persona y los maestros comparten con los artistas esa responsabilidad natural de ayudar a sus iguales a desear y a tener una vida mejor.
Puede que estudiar el Siglo de Oro español (por ejemplo) sea importante o bueno, pero es que actualmente nos encontramos en un contexto en el que los niveles de comprensión están por debajo de lo elemental y en el que la sociedad se ha separado muchísimo de la tradición: primero hemos de enseñar a leer y a tomarle el gusto; ya luego iremos perfeccionando, y los estudiantes siempre nos sorprenderán si los inspiramos. No digo con esto que no haya que enseñar el Siglo de Oro, sino que, como he dicho más arriba, debemos llevar todo lo que decimos en las aulas al terreno de nuestros estudiantes. Debemos hablar de las personas y del mundo, no tanto de los accidentes, que son esos elementos que flotan en la realidad pero que no forman parte de su “sistema atómico”.
A este respecto, ruego que se me permita contar una anécdota personal, porque recuerdo una reflexión que le oí al actor Ethan Hawke en una ocasión, que me pareció maravillosa por su candidez y su sentido común y que él luego ha ido repitiendo en público cuando ha surgido el tema. Coincidimos en un set de rodaje y yo estaba garabateando un poema en un descanso. Se acercó a mí y empezamos a hablar sobre poesía. Me comentó que le gustaba mucho, que le inspiraba y le ayudaba pero que no siempre había sido así. Dijo que la gente no suele dedicar tiempo a la poesía, ni siquiera a pensar en ella, mucho menos a apreciarla, porque le parece algo que no va con ellos. Hasta que muere su padre, o pasa por un dolor o pena muy grande y de pronto se encuentra con un poema que representa exactamente el contenido de su alma y de su experiencia. Y entonces, dijo él, empiezas a entender la naturaleza del arte. Luego continuamos reflexionando sobre otros aspectos de la naturaleza lírica, del arte, el cine, la actuación y la estética que no vienen al caso, excepto para recordar que de las conversaciones, como del cruzar la puerta de casa, nunca conocemos el destino final.
Efectivamente, tenemos que hablar de las obras, a fondo, en extensión, un diálogo que se basa en una buena elección de los textos y un trabajo pre-pedagógico profundo. “En suma, la Explicación de Textos tiene que habituar a los estudiantes a entender y a disentir; lo que equivale a consentir con plena responsabilidad” (Lázaro Carreter, F., 1973). “Naturalmente que conducir bien este ejercicio es sumamente difícil, y que requiere cualidades artísticas más que artesanales” (Ibidem).
Necesitamos urgentemente elevar la categoría moral y espiritual de nuestros estudiantes. Necesitamos formar a personas que desarrollen un carácter con el que hacer frente, hasta exterminarlos, a los virus pandémicos de la mediocridad, la superficialidad y la frivolidad; que hagan de su vida una vida fértil; que ejerzan sus obligaciones y derechos con responsabilidad personal. Yo lo repetiré siempre, con tantos otros más escuchados que yo y más sabios, aunque siempre seamos las pocas voces del fondo del aula, que incluso muchos de mis dialogantes receptores querrán acallar: cualquier intento para la constitución de un mundo estable, solidario, natural, (en el sentido de un mundo que, de hecho, beneficie a la naturaleza humana y a toda la naturaleza), pasa por la reinstauración de la responsabilidad personal como el fundamento sine qua non.
Ya para concluir, quisiera sintetizar rápidamente el contenido de esta exposición: pienso que separarnos del enfoque historicista y empirista de los estudios literarios para centrarnos en uno más humano, en una vuelta al humanismo, no solo hará más eficaz el estudio literario en las aulas, sino más atractivo y más cercano a la propia razón de ser del arte literario. Los estudiantes deben verse obligados a reflexionar sobre algo que les pertenece; debemos partir de su cultura, de su mundo, y así, con un trabajo del lenguaje que tiene el objetivo de lograr la expresión más exacta y ordenada posible de su propio mundo –interior y exterior– y el fomento de la curiosidad y el espíritu crítico, trataremos de contribuir con una cultura sostenible no alienante que satisfaga el instintivo deseo humano de verdad, bondad y belleza. Los adolescentes también tienen ese deseo, es parte esencial de lo que les “duele”.
Es decir, en palabras llanas, queremos que las personas se comprometan consigo mismas, con los demás, con el mundo, a los 13 años, o que al menos lo quieran activamente, en esos años que siguen, que son los tiempos en que nuestros átomos lo desean con fuerza, y ya siempre. No todos tenemos que pasar a la historia de la humanidad, pero es que todos tenemos historia y formamos parte de la historia del mundo y todos tenemos un papel único, inimitable e insustituible en esa historia, como nos recuerda con tanta profundidad El Señor de los Anillos, por ejemplo, una narración que muestra la épica de la vida cotidiana, de las personas cualquiera y de las extraordinarias, en la que vemos que todos debemos elegir qué hacer con nuestra vida, como el protagonista de El Alquimista o como Edipo o Aquiles o tantísimos otros ejemplos de los que debemos hablar continuamente en clase: el héroe no es el poderoso, sino el que elige vivir su vida.
Referencias
Didion, Joan, (1979), The White Album, Ed. Simon and Schuster
Lázaro Carreter, F. (1973), El papel de la literatura en la enseñanza, en El comentario de texto. Ed. Castalia.
Bryant, Kobe, (2019), Kobe Bryant’s Last Great Interview, Patrick Bet-David, Prod. Valuentainment.